Un paso a la vez

Los alimentos y las emociones tienen aristas complejas que los vinculan.

Lejos de esa mirada del juicio en la que hemos puesto al médico o al nutricionista, el alimento es la felicidad del festejo, el regocijo de un premio o la excusa para algún encuentro.

Tiene valores culturales y ancestrales. Tiene la magia del fuego de la cocción o del sol. Del agua, de la tierra, del aire. Comer involucra ingresar todos los elementos a nuestro sistema energético, en su justa proporción. Tiene motivaciones energéticas, místicas, mágicas. Podría ser el ritual más sagrado de nuestra jornada. En que momento se asoció esta bendición de la Madre Tierra en una dieta estricta en calorías, en la culpa de la falta de tiempo en la cocina, en carencia, cuando todo alimento es abundancia? Cuando hablamos de “alimentación saludable”, las dualidad de la tercera dimensión vuelve a operar diciendo “esto es bueno” “esto es malo”. Reivindicar el valor del alimento no debería ser algo tan difícil. Viene en nuestra memoria. Hay que recuperarla. Si pensar en nuevos hábitos alimenticios te da más pesar que disfrute, te propongo empezar por otro lado. Hay mucho por hacer. No le cargues una responsabilidad más a tu vida si sentís que todo va cuesta arriba. Cuidarse es un acto de amor, de gratitud para la vida que somos y de reconocimiento de la divinidad que habita en el templo del cuerpo. Qué tal si en vez de ponernos a dieta a nosotros ponemos a ayunar a la culpa? Si no la dejamos entrar, disfrutamos tranquilos de nuestras comidas, e iniciamos un camino respetuoso con nuestro cuerpo? Quizás empezar por una depuración, un desparasitado...? Quizás tan sólo respirar conscientemente, todos los días un ratito. Por más ridículamente simple que parezca, nuestra forma de respirar le habla al cerebro sobre lo que sentimos. Un patrón respiratorio agitado, estimula respuestas de perpetuación del ciclo del estrés. Y si estamos estresados, inherentemente vamos a buscar comer algo que calme nuestra ansiedad, como harinas, lácteos, o alcohol, por ejemplo. Quizás sea más fácil empezar por un aporte de probióticos, y el vasito de kéfir todos los días es la puerta de entrada a la conciencia del autocuidado como evento de placer y gratitud.

Siempre es más fácil aumentar los alimentos que “suman” (frutas, verduras, semillas, frutos secos, brotes, algas, cereales integrales, etc), y reducir los productos de góndola refinados que nuestro cuerpo poco aprovecha para fabricar energía o nuevos tejidos. A veces sumando alimentos antiinflamatorios, a veces, usando complementos alcalinizantes. No importa por donde empieces, tarde o temprano una acción destinada a sumar, hace efecto en la globalidad. Aunque no lo creas, una acción pequeñita, sostenida en el tiempo, “arrastra” a las otras. Hacé lo que puedas, con lo que tengas a mano. Lo que se ajuste a tus posibilidades y lo hagas en consciencia de lo que significa y de dónde actúa. Pequeñas acciones de grandes impactos hacen a la totalidad. Siempre se puede empezar. Este caminar, como todos, es disfrutando de dar un paso a la vez, sin el apego a los resultados, sin el apuro de llegar a ningún lado. Sólo por el placer de caminar, de disfrutar del proceso, y de saber que las retribuciones son más grandes de lo que imaginamos y vienen por donde menos las pensamos. Quizás se trate de comer lo mismo, pero entrar en consciencia, de toda la magia que puede concentrar Dios en una naranja.

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