“Lo tuyo es emocional”

A veces es fácil, para nosotros los médicos decir. “No, esto es emocional”.

Generalmente sucede cuando ya no tenemos explicaciones lógicas para los síntomas.

Es que si, si hay algo que no sigue las leyes de la lógica son las emociones.


Nacen de otro lado de nuestro cerebro.

Dónde están? Se puede abrir el pecho y encontrarlas?

Se puede hacer un neurocirugía plástica y dejarlas ordenaditas para ya nunca más sufrir?


Que fácil sería que alguien simplemente venga y nos saque el miedo.

Que lindo sería vivir sin ese enojo crónico y sus consecuencias a flor de piel (literalmente).

Cómo someterse a una intervención de tórax y que alguien pinche el globo invisible que ocupa

espacio, que pesa y que sólo alivia con suspiros.


Se llama tristeza y pesa por que ni siquiera la nombramos.

“No llores”. Lo escuchamos de antes siquiera de desarrollar el lenguaje.

El no llorar, el no hacer berrinche.

El no demostrar miedo entró en nuestro sistema de creencias en las neuronas de la supervivencia y nunca más nos metimos en esa caja negra a airearlas y reubicarlas.


Tenemos tan poquitas herramientas cognitivas que hoy, de adultos, somos lo que Pilar Sordo

denominó acertadamente “analfabetos emocionales”.

Es nuestra culpa? No, es nuestra responsabilidad, porque ya somos grandes, y corresponde

cambiarnos y cambiar las cosas para los que siguen.


Existe todo un sistema de consumo que promueve y apoya el analfabetismo emocional porque conviene. Porque el infeliz consume, compra sucedáneos de felicidad en comidas, en vacaciones, en autos, celulares, y lamentablemente en hijos , a veces (he visto personas creer que un hijo es la solución a la angustia de una soledad no resuelta).


Los estudiantes de marketing tienen una carrera llamada “neuromarketing” donde buscan retorcidas formas psicológicas de entrar a nuestro lado oscuro, a nuestra mayor vulnerabilidad.

Por ejemplo: una marca de alfajores, saca una nueva variedad del mismo y su eslogan reza “lo que le faltaba a tu familia”.

Inconscientemente si extrañas a alguien, si se fué tu hijo a estudiar lejos, o recién te separás, o estás buscando niños que no llegan. Algo muy oscuro adentro tuyo siente y piensa que ese alfajor puede aliviar el síntoma antes de que el globo siga molestando en el pecho.

Antes de que cometa la atrocidad de animarme a llorar en público, o a decir la verdad cuando

alguien pregunta “cómo estás?” y mentimos en automático “bien”.


Ejemplos como estos abundan, y son tan literales como los nombres de galletitas “sonrisas”,

“diversión”, “sin culpa”. O slogans de gaseosas como “la fórmula de la felicidad”, “llená sus tardes de diversión”. Las cervezas son “el sabor del encuentro”. Del encuentro con quién? Si estás solo te encontrás a vos mismo con una birra?


No sé, pero si sé que las hay una analogía morbosa de las cervezas y las mujeres. “Rubia”

“morocha” “colorada”. Los hombres no se quedan afuera de la publicidad. Las cervezas tienen

nombres de mujeres, y los slogan rezan cosas como “ella es perfecta”.


Pero como decía, hemos aprendido la mayoría de nuestro patrones de conducta antes si quiera de desarrollar nuestro lenguaje verbal.

Por lo tanto hay que partir de cero: ponerle nombre.

Hay tres emociones básicas de la cual derivan todas las demás: miedo, ira, tristeza.

Combinando estas tres tenemos: culpa y frustración. Sumando algunos patrones de

comportamiento tenemos: depresión y ansiedad.


En fin, todas estas emociones tienen una correlación física. De una u otra forma podríamos armar un “diccionario de lenguaje corporal” y describirlas como un nudo en la garganta, como un globo en el pecho, como un fuego en la panza, como una tensión en las manos que forman puños. Una vez que le podemos poner nombre, hay que buscar el patrón de pensamientos al cual esa emoción corresponde, y poder llegar a decir : “tengo miedo porque pienso así...” y cambiar el pensamiento. Eso se puede! Solo hay que tirar del hilo.


'¿Quién me enseñó a reaccionar así? Devolver los pensamientos a quien corresponda e instalar nuevos. Como la limpieza de sofwere que solemos tercerizar con técnicos.


Pero a nosotros nos corresponde cuidar la primer máquina, el cerebro.

Encontrar el fusible quemado, hacerte una auto-neurocirugía y saberte plástico, moldeable,

modificable.


Vos podés. Podés dejar de “reaccionar” a pesar de lo que diga facebook.

Lo que no podés es cambiar el mundo. Ni lo que pasa alrededor, ni lo que hacen las otras personas.

Pero podés cambiar como te lo tomás. Sos la potencialidad del cambio. Tenés un cerebro

re-entrenable.

Independientemente que te lo tomes con mates y galletitas. Con el famoso alfajor o un chocolate.


Lo importante es que te observes. Que llenes un diario. Que hagas silencio. Que te escuches. Que estés con vos. Sos tu mejor compañía, tu mejor médico, tu mejor psicólogo, tu único nutricionista.

Después le siguen los amigos y terapeutas. Pero primero amigate con tu presencia. Abrí el placard.

Sacá los monstruos. Que como los de “monster ink” también se alimentan de risas. De alegrías.

Cagate de risa de vos mismo que no pasa nada.

Sos el producto de una escuela que te moldeó hiper racional para que seas productivo, pero sos un ser divino. Pueden moldear tu ego pero no tu alma. Antes que productivo sos creativo.

Sos hijo de la creación y tenés acceso a la magia por herencia.


Porque gracias a Dios tenemos otras cosas más allá de las emociones. Tenemos estados.

Paz, amor, gratitud, dicha. Se diferencian de las emociones porque son estables. No van y vienen.

Están ahí, de fondo. Y resulta que uno puede estar enojado pero en paz con ese enojo. O triste

pero en paz con esa tristeza. O con miedo, pero agradecido de la situación.


Nadie dijo que no hay que sentir. Todo lo contrario. Hay que estar en paz con lo que sentimos.

Darle un contexto, ubicarlo en nuestro mapa mental. Y aprovechar la oportunidad para crecer.


Somos niños vestidos de adultos, pero nos toca dejar el mundo un poquito mejor de lo que lo

recibimos. Manos a la obra.

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